La matanza tradicional del cerdo proporciona un sinfín de sensaciones que pertenecen por derecho propio al más enraizado patrimonio cultural de la comarca. Se trata de un ritual familiar, ya que se produce alrededor de la familia, de los amigos y allegados. Es una ocasión para reunirse alrededor de un caldillo de matanza o de un cocido serrano, para confraternizar, para encontrarse tras mucho tiempo de separación forzada.
Recuperada
tras muchos años de incertidumbre e incluso de persecución, la matanza recoge
elementos culturales, usos tradicionales, hábitos de consumo, historia viva de
la Sierra. Recuerda mucho a aquellos años de subsistencia, de tiempos de
hambre, de sufrimientos y desvelos para engordar al cochino, en el que estaban
puestas buena parte de las esperanzas de cada año.
La
vivencia de una matanza parece mantener vigentes oficios de antaño. El matachín
y la chacinanta son protagonistas destacados de una actividad que prácticamente
se asemeja a un arte. La destreza y perfección con que realizan su labor,
demuestran la sabiduría y el buen hacer de los serranos que han aprendido estas
profesiones en la universidad de la calle, viendo cómo lo hacían los que les
precedieron.
Antiguamente
la tarea comenzaba muy temprano, al amanecer, y terminaba con bailes y
diversiones nocturnas, incluyendo idas y venidas, charlas, risas y mucha
actividad. Era un auténtico acontecimiento social, al que se invitaba a vecinos
y familiares a consumir aguardientes y viandas, y que esperaban con auténtico
nerviosismo los chiquillos de la casa.
Hoy, la
carquesa ha dado paso al butano, los lebrillos y latones a los recipientes de
plástico y las hábiles manos picando con afilados cuchillos a las máquinas de
picar carne. Lo que no ha desaparecido es la división de roles establecida
entre hombres y mujeres; los primeros utilizan su fuerza para pesar, sacrificar
y descuartizar al cerdo, mientras que son expertas mujeres serranas las
encargadas de sazonar, acondicionar y preparar guisados y chacinas. En todo
caso, sigue configurando un espectáculo difícil de igualar en lo que supone de
ritual, de tradición y de enriquecimiento cultural.
El
interior de un cerdo puede compararse con un cofre que guardara inagotables
riquezas. Como diría el escritor José Andrés Vázquez, “...de dentro salen
cientos de cosas, entre tripas, mollejas, pellas, vejigas, riñones,...un
verdadero tesoro”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario y te responderemos a la mayor brevedad. Gracias por participar