Ayer, día 4 de febrero, hizo cinco años que se le dedicó un homenaje a José 'El Gordo'. Julio Ortega, Pedro García y la Asociación Lieva organizaron un acto en La Taberna, donde varios amigos dedicaron a José emotivas palabras. Este es alguno de aquellos textos emocionados.
Habitualmente se habla bien de
una persona cuando fallece, pero hoy, queremos rendir justo homenaje
a uno que todavía se encuentra entre nosotros: José Fernández Tristancho, José
“El Gordo” para los amigos.
Si esto se produce, hablar bien
de un presente, es que el protagonista atesora cualidades importantes y, si
casi todos coinciden en alabarlo, entonces es que el tío es genial. Pues eso
sucede con José.
Polifacética persona, ha sido
medio cura, tabernero, futbolista, archivero, profesor, hortelano y cuidador, y
de cada una de esas facetas tiene cosas que contar. Cosas buenas, cosas útiles,
cosas que son imposibles de incluir en esta revista en su totalidad, pero de
las que les daremos algunas pinceladas.
Probablemente el José más público
sea el que regentó la taberna que heredó de su padre, en la Plaza del
Ayuntamiento. Cástulo no sólo le legó el negocio, sino también el mote y quizá
algo más. Desde allí, José ha desgranado los pasajes más conocidos de su vida.
Tabernero jovial, conversador,
algo magino, pero de gran servicio a todos, llevó el local de una forma
especial. No tenía una cocina, digamos “elaborada”. El plato principal, y casi
único, eran las papas fritas cachoneras, con eso lo arreglaba todo. Aunque
cuando le daba la gana ponía unos huevos fritos con chorizo que reanimaban a un
muerto, y han sido muchas las veces que allí se han elaborado y comido las
delicias de la tierra.
En cuanto a la bebida, José
siempre prefirió la simplicidad del barril de cerveza y ponía mala cara a los
que pedían tinto de verano, por ser tan difícil y cansina su elaboración.
Normalmente, se trataba de forasteros, a los que no le importaba desairar en
algunos momentos, sobre todo si se trataba de los que él bautizó como “diesel”,
de esos que andan mucho pero gastan poco.
La taberna era la casa de todos,
por eso llegó a ser un gran conocedor de la sociedad cachonera, sabe bien de
qué pie cojeamos cada uno, y eso le hace sabio. Como ejemplo podemos citar su
única novela empezada “El Confesionario”, a la que ha puesto un acertado título
y que esperamos finalice un año de éstos, donde hace un análisis de las
personas, sucedidos y experiencias vividas en la tasca.
A ello le llevaron las largas
horas de debate, de hablar con la gente, de contar sus penas y escuchar las de
los demás. De hecho, algunos llamaban al lugar “la Cámara Baja”. Otro ejemplo
es la letra de las sevillanas que popularizaron “Los Cachoneros del Carmen”, y
que decía “…Casa el Gordo, Bar del Púa, dos tertulias sin igual”.
En la taberna se respiraba
siempre humor, incontables anécdotas protagonizadas por personajes que ya no
están entre nosotros, como Carvajal, Emilio “Alicate” o el gran José Antonio
Ortega, que llegó a dibujar una caricatura diaria en su negra pizarra.
Pero no sólo de su bar ha vivido
José. Su formación le ha llevado a ser profesor de muchos, catedrático de la
vida, gracias a sus vivencias y a sus estudios en el Seminario. Aquellos años
le aportaron andanzas y sucedidos que le han acompañado siempre.
Su dominio del latín lo convirtió
en “rara avis” entre sus semejantes y su cultura le ha servido para ser un gran
narrador de historias y para alimentar una vertiente literaria de reconocida
calidad. Sus poemas denotan sensibilidad y valía, le han permitido aislarse de
la realidad en los malos momentos y demostrar sus sentimientos con la palabra
escrita en vez de la hablada.
En su faceta de profesor,
instruye a numerosos chiquillos a los que ayuda con éxito a superar
dificultades escolares. Son sus niños, a los que atiende en esta y otras
parcelas laborales.
Porque ahora José se dedica a
otros niños, “a los chavales”, a personas con discapacidad de la Asociación Paz
y Bien que precisan de su humor, de sus cuidados y su cariño. Ahora José es
maestro, pero con mayúsculas.
Aquí también desarrolla labores
de hortelano, labrando y cuidando la tierra, como nuestra Virgen del Carmen, a
la que ha escrito bellos poemas, que en palabras de Jesús Arcensio “es marinera
y hortelana”.
Esta vocación de servicio la ha
demostrado siempre, como aquella etapa que fue Juez de Paz de Galaroza, que le
sirvió para conocer nuestro pasado y a interpretar libros en extraños
lenguajes. Muchas noches ha pasado encerrado con cientos de papeles para sacar
el árbol genealógico de fulano o averiguar qué fue de mengano.
Ha colaborado con los Días de la
Amistad, de hecho en una de las estancias del bar guardaba un tablón con la
leyenda “Círculo de la Amistad”, y con los carnavales, convirtiéndose en uno de
sus pregoneros más recordados. Ha jugado
mucho al fútbol, en sus años mozos, cobrando fama de buen delantero y
destacando por su “empuje”.
Capítulo especial en su vida lo
ocupa la familia, por la que ha hecho muchas cosas en su vida.
En José “El Gordo” no todo es
bueno, como pasa en todas las personas; ha tenido y tiene defectos, ha hecho
enfadar a algunos y ha tenido que afrontar problemas duros. Pero nos van a permitir que esas cuestiones de su vida las
dejamos para otro momento. Aquí y ahora, tan sólo queremos decirle a nuestro
amigo: Gracias por haber sido así.
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