Por ello, la Asociacion Lieva cree
conveniente rendir homenaje a uno de los pioneros en esta materia, Fidel Pavón
Fernández, quien durante casi medio siglo realizó la magia de ofrecernos
imágenes de lugares, personas y celebraciones que forman parte de nuestros
recuerdos y de nuestras vidas.
Fidel no tuvo una infancia fácil;
huérfano de padre y madre muy niño, estuvo varios años ingresado en el
Sanatorio de Aracena, enfermo de tuberculosis. Esta infancia marcó su vida, ya
que le obligó a ser fuerte y a trabajar en materias que no le exigieran un
esfuerzo excesivo que pudiera comprometer el único pulmón que le quedaba. Así, con 20 años, recibe de su tía Reposo la
sugerencia de que se dedique a la fotografía, y compra su primera máquina con
un dinero que le prestó Román Sánchez, que era aficionado a este arte. Fue una
cámara marca Retina y le costó 3.000 pesetas.
En los años cincuenta del siglo
pasado, Fidel ya estaba haciendo fotos. Fueron momentos muy difíciles, ya que
no había recursos en las familias para lo que podría considerarse como un lujo.
De esta forma, le hacía fotos a su novia, Josefa Vargas, y sus amigas, como Mª
Luisa, Rafaela, Encarna o Rafaela.
Vendía tres fotos a nueve pesetas.
Complementaba estos trabajos con
su presencia en todos los eventos que podía: romerías, jiras, fiestas,
acontecimientos como los Reyes Magos o el Huevo y el Bollo en Santa Brígida, no
había acontecimiento que no contase con la presencia de Fidel, tanto en
Galaroza como en otros lugares.
En este ir y venir, conoció a
Manolo Díaz, de Nerva, que tenía laboratorio, y comenzó una fructífera relación
de estrecha colaboración profesional, ya que lo acogió como a un hijo y le
enseñó todo lo que sabía. Allí revelaba sus fotos y colaboraron, sobre todo en
momentos especiales como fiestas o cuando vino el DNI
Se compró una bici, luego un
‘mosquito’ o ciclomotor, en el que iba a Nerva y a los acontecimientos de
pueblos vecinos, y finalmente una Vespa. Cuando llegaba a su destino, solía
enviar un telegrama a su novia, que ésta recogía en el despacho de telégrafos
que regentaba Carmen, hermana de Don Julio Beneyto. “Llegado bien”, decía en
sus mensajes, algo así como un whatsapp de ahora.
Al casarse con Pepa en 1956,
instaló su estudio en los altos de la farmacia actual, junto al Ayuntamiento,
fabricando un rudimentario laboratorio de cartón, en una habitación oscura. Tan
sólo tenía como decorado, un banco de madera gris, un reclinatorio para fotos
de comunión, un telón de cortina beige y otra negra.
Tenía amigos en todos los
pueblos, que le informaban, al igual que los curas, de las fechas y ocasiones
que había para hacer fotos. Su hija Milagros suele recordar que “donde había un cura, allí estaba él”.
Tras el nacimiento de su hija
Milagros y de su hijo Fidel, ya en los años 60, nuestro protagonista sigue
llevando su cámara allá donde va. Por eso, los domingos por la tarde se
dedicaban a dar paseos por la carretera, junto a las familias y las parejas, y
aprovechaban para hacer fotos en el trayecto carretera arriba, desde La Morera
hasta El Torito, lugar por donde en aquellos años no pasaban muchos coches.
En 1960 se trasladaron a su
vivienda de la calle Gumersindo Márquez, donde instala un laboratorio mejor
equipado, se compró una ampliadora y ya no iba a Nerva, aunque tuvo otros
asociados. La habitación donde hacía sus fotos llegó a ser un lugar familiar
para todos los cachoneros; tenía un sofá, cortinas, un suelo hidráulico que se
hizo famoso, la chimenea y el plinto a juego. De una forma u otra, todas las
familias de Galaroza conocen a la perfección este improvisado “estudio”, que se
convirtió en la casa de todos.
En 1966 editó las primeras
postales sobre Galaroza. Eran escenas de lugares emblemáticos que aparecían
coloreados, una técnica que utilizó antes de la llegada irremediable del color
a la fotografía. Esta irrupción tuvo lugar a finales de los sesenta y
constituyó toda una novedad para la que Fidel y su familia no estaban preparados,
al carecer de laboratorio para revelar con estas nuevas técnicas. Por ello,
hubieron de adaptarse y comprar el material en Sevilla, donde revelaban en el
laboratorio Surcolor. Las fotos tardaban en llegar tres o cuatro días.
Pero la gente empezó a comprar
las cámaras Kodak o Polaroid, con lo que el negocio de hacer fotos comenzó a
esfumarse. Se reinventaron de nuevo haciendo el revelado de las fotos que
tomaban los clientes con sus propias máquinas. Su eslogan de aquellos tiempos
fue “Foto Fidel, revelado en sólo dos días”.
Cuando llegó el video, su hijo
Fidel tomó las riendas del negocio, con la colaboración de su hermana. Se
hicieron muchas bodas, bautizos y otros eventos, aunque ya con la imagen en
movimiento, no con las fotos fijas. También hicieron numerosos montajes
audiovisuales
La era digital supuso ya la
desaparición de la fotografía tal como la conoció Fidel Pavón. Solía decir “Si
yo hubiera tenido esto en mi época….”.
Esta es la pequeña historia de la
fotografía contemporánea en Galaroza, similar a la de cualquier pueblo rural y
a la de cualquiera de los muchos fotógrafos que iniciaron un camino de magia y
de dificultades que marcó una etapa.
Con Fidel Pavón tuvimos la
ocasión de vivir momentos de emoción y de retener para siempre recuerdos
imborrables gracias al arte de sus fotos. Fidel y su familia han formado parte
de las vidas de los cachoneros, por lo que merecen nuestro agradecimiento y
nuestro homenaje.
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