La orografía serrana ha sido
apropiada para la existencia de forajidos, prófugos y bandoleros. Los
escarpados montes y los profundos valles han albergado aventuras, correrías y
leyendas. Una de ellas es la de ‘Antoñiyo’ de Valdelarco, mítico bandolero que
pertenece ya a la historia de este pueblo colmenero.
Sus andanzas fueron recogidas en
el libro ‘Historia de Antoñiyo de Valdelarco’, escrito por Julio Serrano
Bejarano en 1905. En quince capítulos,
el autor desgranó el origen de su vida proscrita, sus estancias en la cárcel,
sus actos delictivos, pero también su carácter generoso hacia sus vecinos y el
cariño que éstos le tenían.
La publicación se reeditó en 1999
por parte de la Asociación Valle del Arco, quien ya en su revista ‘Valdelarco’
la recogió en sus números 0 al 14; las ilustraciones de este libro corrieron a
cargo de Enrique Hernández. En esta reedición, Pedro Domínguez redactó la
introducción explicativa y no se olvidó de mencionar a Angelita Domínguez
Martín, quien, nacida en 1890, vivió las andanzas del héroe colmenero. Lo recordaba
alto, grueso y con bigote en una grabación magnetofónica que realizó Rufino
Domínguez el 22 de agosto de 1974. Este documento convierte al bandolero en un
personaje real, que trasciende la leyenda, y que habría nacido entre 1860 y
1870.
Iba armado con una canana con los
cartuchos, las dos pistolas y la escopeta, con las que recorría los montes,
cazando, velando por su seguridad e intentando escapar de la Guardia Civil. Y
es que Antoñiyo, conocido en el pueblo como ‘Antonio el de las escopetas’,
cometió diversos delitos, comenzando por su deserción del ejército y algunos
homicidios como consecuencia de sucesos en los que se vio envuelto.
Sin embargo, del relato del autor
se derivan simpatías del pueblo llano hacia su paisano, que le hacen disculpar
sus acciones punibles y lo convierten a sus ojos en un héroe legendario. El
propio personaje habla de su desgracia y de la persecución que le acompaña allá
donde va, configurando una frustración permanente que no quiere trasladar a sus
conocidos.
Entre los rasgos que Julio
Serrano confirma en el bandolero, están el del arrojo, la valentía, la
fortaleza, el don de gentes y el amor
hacia los suyos. Su generosidad se desvela en numerosos pasajes, ya que no
roba, sino que vende el producto de su caza diaria, y protege a los vecinos.
Una prueba de la fama y cariño
que obtuvo entre sus vecinos, lo tenemos en el capítulo tercero de la obra,
donde se dice “Desde allí marchó a su
villa valdelarqueña, donde fue recibido con alegría y entusiasmo”. También en
el capítulo décimo se relata que “Fue a refugiarse a un cortijo cerca de la
villa de Cortelazor; allí fue recibido como un hermano, los cortijeros y
pastores lo auxiliaban con todo lo que le hacía falta”.
En alguna reseña periodística del
personaje se llega a decir que “no aceptaba más que lo estrictamente necesario
para su supervivencia y lo que le sobraba lo repartía entre aquellos
desheredados de la fortuna que se encontraban en las mismas circunstancias que
él”. Según estas crónicas, llegó a perseguir a algunas cuadrillas “que
realizaban fechorías en su nombre y obligaba a la devolución inmediata de todo
lo robado”, especialmente a arrieros y habitantes de cortijos.
El relato que construye Serrano
es abiertamente partidario de la actitud vital del bandolero, quizá por lo
romántico de la historia, quizá por su cercanía, o por la intención de
construir un mito en la conciencia colectiva del pueblo.
Cuando se publica, en 1905,
Antoñiyo está todavía en la cárcel, y viven aún algunos de los damnificados por
sus actos. Sin embargo, en todo momento el autor disculpa sus andanzas y
consigue crear un personaje que no se borre de la memoria de los colmeneros.
En enero de 1987, la revista
‘Higuera Información’ empezó a recoger entre sus página los capítulos de esta
obra, que fue publicando durante casi todo el año, con buena aceptación entre
sus lectores.
La historia de ‘Antoñiyo de
Valdelarco’ viene a revelar el universo pastoril y campestre de la vida en
estas sierras, con vivencias en las que se entrelazan la dureza de la
existencia y la supervivencia junto al apego de sus habitantes a estas tierras.

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